lunes, 15 de marzo de 2010

vida de tres drogadictos Afganos


A sus escasos 27 años, Merwais Rasuli ya tiene problemas para encontrar las venas cuando quiere pincharse un chute. Se hinca la aguja en el antebrazo y maniobra con la jeringuilla de un lado al otro sin hallar el conducto. «Déjame, yo te ayudo», le dice Zaman Haidari, de 50.

El experto mueve la aguja un poco más y lo consigue. Merwais empuja su dosis de cristal, un derivado del opio diez veces más potente que la heroína que hace furor en Afganistán. Directo al cerebro. Tres dosis diarias, tres dólares. Barato hasta para un afgano. Sólo necesita trabajar un poco para asegurarse su ración de droga. El joven entorna los ojos y suelta un gemido entre el dolor y el placer.

«Me hace sentir fuerte», dice traspuesto. Lo ha intentado dejar tres veces. El viento le sacude la cara y las canas prematuras de su cabello. Si nos hubiera dicho que tiene 40 años le habríamos creído.

Sus compañeros de colocón, los que en vez de pincharse esnifan el cristal o se fuman la heroína, lo tienen peor. Se cobijan bajo una manta para que el viento no se lleve su tesoro. Son un catálogo de todas las adicciones posibles. Mohamed Serhad los mira en cuclillas, con la bolsa de su sonda colgada de la entrepierna. Es la herencia de su enganche a la heroína. Un riñón lleno de piedras.

Merwais, como el 80% de los adictos afganos, empezó a pincharse cuando era un refugiado en Irán. Herat está lleno de antiguos refugiados y quizás por eso es una de las provincias afganas con más adictos. El joven se acurruca más tras el muro que lo esconde del viento y de la policía que merodea. Si los pillan, lo más seguro es que les quiten la droga y el dinero, y que les peguen hasta aburrirse. Porque en el país del opio, donde todo el mundo lo cultiva y lo comercializa sin demasiados problemas, consumirlo está prohibido.

Los adictos caen en la peor marginación posible. Escondiéndose en chabolas abandonadas, cuevas o cementerios. Los dos centros de desintoxicación de la ciudad, uno privado y otro del Gobierno, apenas pueden tratar a unos 300 cada año. El resto sigue enganchado y en la calle.

Merwais guarda su jeringuilla. Un hilo de sangre sale de su brazo. Coge un trozo de periódico sucio y se limpia. Enciende un cigarrillo y mira hacia el cementerio Haja Abdulá Ansari, donde las banderas jalonan las tumbas de los caídos en la yihad contra los soviéticos. Qué ironía: en apenas 50 metros, Afganistán contempla su mayor orgullo, los mártires que tumbaron al imperio de los ateos, y su peor vergüenza, el millón de adictos a los derivados del opio que viven en este país de 35 millones de habitantes.

1 comentario:

  1. Espero que nunca me de por probarlo y que me enganche , por que no me imagino estar con 50 años y estar drogandome...es algo espeluznaente , aparte de la gente que te rodea debeberia estar destrozada al
    verte asi.

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